El libre albedrío y la libertad
(Apartado 9.9 El libre albedrío y la libertad del libro de Mario Bunge "A la caza de la realidad")
El tema del libre albedrío es un tema de gran importancia y debate. Entre los neurólogos actuales es bastante común la negación de la realidad del libre albedrío. Otros , como Hebb y Bunge , piensan que es una realidad emergente producto del desarrollo de nuestra corteza prefrontal.
Gustavo Esteban Romero plantea la libertad en otros términos. Sus planteamientos se presentan en otra entrada de este blog: "Ciencia, libertad y ética".
"El libre albedrío es, desde
luego, la capacidad de hacer lo que uno quiere. Más precisamente, se trata de la
capacidad de tener sentimientos y pensamientos, así como de tomar decisiones y
realizar acciones que, aunque están constreñidas por las circunstancias
externas, no son causadas por ellas. En la jerga psicológica, el libre albedrío
es conducta (interna o manifiesta) que no depende de un estímulo. Un ejemplo
claro de ello es la negativa a obedecer órdenes, a pesar del grave riesgo
para sí, de un prisionero, un soldado o un sacerdote. Otro caso de libre
albedrío es la creatividad: la invención de ideas que va más allá de -o incluso
contra- la estimulación sensorial. Einstein entendía los conceptos teóricos
necesarios para explicar la realidad como «libres creaciones de la mente
humana». Son libres en el sentido de que son independientes de la percepción,
aun cuando de manera excepcional son desencadenados por esta .(Dicho sea de
paso, esta fue una de las principales objeciones de Einstein a los
positivistas: su prejuicio contra las creaciones libres.)
El libre albedrío viola, desde
luego, el dogma central de la teoría del reflejo de Pavlov, el
conductismo de estímulo y respuesta de Watson y Skinner y la psicología
ecológica de Gibson. Por la misma razón, el libre albedrío viola la versión
restringida del determinismo, según la cual solo estímulos externos
cuentan como causas. Pero es consistente con la causalidad lato sensu, puesto
que la implementación de toda decisión involucra vínculos causales tales como
los que relacionan los sucesos en la corteza prefrontal con los sucesos que
tienen lugar en el sistema neuromuescular, De ahí que el libre albedrío no deba
ser definido como una superación de la causalidad. Tampoco puede definirse el
libre albedrío como la imposibilidad de predecir, porque esta es una categoría
gnoseológica y metodológica.
Los teólogos y los filósofos han
debatido durante dos mil años si el libre albedrío es real o ficticio. El
problema es de gran importancia teórica y práctica, dado que se trata de
si los seres humanos podemos tomar la iniciativa, superar algunos constreñimientos
ambientales o, incluso, rebelarnos contra los poderes terrestres y celestes de
turno. Algunos teólogos necesitan el libre albedrío para poder legislar sobre
el pecado y el mal, así como para justificar los crueles castigos que nos
llueven del cielo; y los filósofos morales y filósofos del derecho necesitan el
libre albedrío para dar sentido a la autonomía y la responsabilidad personal.
Sin embargo, sin importar estas necesidades, la pregunta ontológica y
científica es si el libre albedrío es realmente posible.
Los idealistas no tienen problema
alguno en admitir el libre albedrío, puesto que se supone que el alma
inmaterial escapa a las leyes de la naturaleza. En contraposición, los
materialistas vulgares (fisicistas, nominalistas) rechazan la hipótesis del libre
albedrío porque conciben a los seres humanos como complejos sistemas regidos
por las leyes de la física y la química, ninguna de las cuales parece admitir
los procesos espontáneos o autoiniciados. Por otra parte, los materialistas
emergentistas admiten la posibilidad del libre albedrío y la autoconciencia
concomitante como resultado de la evolución. En efecto, la evolución involucra
la emergencia de nuevos tipos de cosas que satisfacen leyes ausentes en los
niveles inferiores de organización. Por ejemplo, las neuronas pueden disparar y
asociarse de manera espontánea, no solamente en respuesta a un estímulo
externo.
Dado que la volición es una
facultad mental y puesto que todo lo mental tiene lugar en el cerebro, para
averiguar si el libre albedrío es real tenemos que cambiar el centro de
atención de la teología y la filosofía especulativa al estudio del cerebro
humano. En especial, hemos de mirar en la corteza prefrontal, de la cual se
sabe que realiza las llamadas funciones ejecutivas. El primer científico
moderno en atacar el problema del libre albedrío y sostener que puede ser
resuelto por la neuropsicología fue Donald O. Hebb (1980). Hebb argumentaba que
las investigaciones anatómicas de Cajal, así como los datos
electroencefalográficos, han mostrado que el cerebro es más que una repetidora
entre los receptores y los efectores: que está activo de manera continuada, aun
durante el sueño y que siempre añade algo a la señal que ingresa en él.
La propia investigación de Hebb
sobre la privación sensorial confirmó estos estudios: mostró que la
estimulación externa distorsiona la acción continuada del cerebro, pero que no
es su única fuente. Podemos experimentar deseos e imágenes y formar intenciones
y planes de manera espontánea, o sea en ausencia de estimulación externa.
Puesto que “el libre albedrío es el control de la conducta por el pensamiento»
( Hebb ,ibíd., p. 139) y dado que no todo pensamiento ocurre en respuesta a
causas externas, el libre albedrío es un hecho biológico, no una ilusión. Desde
luego, puede ser tanto atenuado como potenciado por la educación y las
circunstancias sociales, pero no más que otras facultades y procesos mentales.
Lo que nos lleva a nuestro próximo tema: la posibilidad de la libertad.
La contraparte social del libre
albedrío es la libertad. Se trata de una característica del orden social que
permite a los individuos hacer lo que desean. Sin embargo, la libertad es
limitada y cuanto de ella pueda disponerse tiene un precio. No se trata
únicamente de que, como ha dicho Thomas Jefferson, el precio de la libertad es
la eterna vigilancia. también del hecho de que no todos podemos darnos el lujo
de ser completamente libres y hacer exactamente lo que nos plazca, ni
debemos pensar que eso es posible. De hecho, aun en las sociedades
más libres los individuos tienen obligaciones, en particular las de
respetar las libertades de los demás y compartir las cargas del mantenimiento
del orden social que las asegura. Además, en las sociedades profundamente
divididas ,solo los miembros de una minoría gobernante tienen lo necesario para
disfrutar la seguridad, el aire y el agua limpios, los paisajes hermosos y el
acceso a la cultura superior.
Más aún, la libertad, como todos
los demás valores, es parte de un paquete o sistema: ningún valor puede
realizarse de manera aislada de los demás valores. En particular, nadie
puede ser libre en una comunidad de individuos completamente egoístas que no
desean echar una mano cuando se la necesita y ello por la sencilla razón de que
nadie, ni siquiera el autócrata, es autosuficiente y omnipotente. Los
revolucionarios de 1789 tenían razón: liberté, égalité, fraternité. Me atrevo a
agregar idoneité, es decir competencia técnica, ya que sin ella aun las mejores
intenciones difícilmente lleguen a dar frutos.
Por desgracia, todos sabemos que
ninguna de las sociedades que existen actualmente realiza el ideal
Libertad-Igualdad-Solidaridad-Competencia. ¿Prueba esto que deberíamos dejar de
soñar utopías? No lo creo. Solo prueba que hasta el momento no hemos sido capaces
de educar y movilizar a la gente para trabajar (en lugar de luchar) por ese
ideal."


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