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viernes, 16 de enero de 2015

El libre albedrío y la libertad 

(Apartado 9.9 El libre albedrío y la libertad del libro de Mario Bunge "A la caza de la realidad")



El tema del libre albedrío es un tema de gran importancia  y debate. Entre los neurólogos actuales es bastante común la negación de la realidad del libre albedrío.  Otros , como  Hebb y Bunge , piensan que es una realidad emergente producto del desarrollo de nuestra corteza prefrontal.
Gustavo Esteban Romero plantea la libertad en otros términos. Sus planteamientos se presentan en otra entrada de este blog: "Ciencia, libertad y ética".

"El libre albedrío es, desde luego, la capacidad de hacer lo que uno quiere. Más precisamente, se trata de la capacidad de tener sentimientos y pensamientos, así como de tomar decisiones y realizar acciones que, aunque  están constreñidas por las circunstancias externas, no son causadas por ellas. En la jerga psicológica, el libre albedrío es conducta (interna o manifiesta) que no depende de un estímulo. Un ejemplo claro de ello es la negativa a  obedecer órdenes, a pesar del grave riesgo para sí, de un prisionero, un  soldado o un sacerdote. Otro caso de libre albedrío es la creatividad: la invención de ideas que va más allá de -o incluso contra- la estimulación sensorial. Einstein entendía los conceptos teóricos necesarios para explicar la realidad como «libres creaciones de la mente  humana». Son libres en el sentido de que son independientes de la percepción, aun cuando de manera excepcional son desencadenados por esta .(Dicho sea de paso, esta fue una de las principales objeciones de Einstein a los positivistas: su prejuicio contra las creaciones libres.) 
El libre albedrío viola, desde luego, el dogma central de la teoría del reflejo  de Pavlov, el conductismo de estímulo y respuesta de Watson y Skinner y la psicología ecológica de Gibson. Por la misma razón, el libre albedrío viola la versión restringida del determinismo, según la cual solo  estímulos externos cuentan como causas. Pero es consistente con la causalidad lato sensu, puesto que la implementación de toda decisión involucra vínculos causales tales como los que relacionan los sucesos en la corteza prefrontal con los sucesos que tienen lugar en el sistema neuromuescular, De ahí que el libre albedrío no deba ser definido como una superación de la causalidad. Tampoco puede definirse el libre albedrío como la imposibilidad de predecir, porque esta es una categoría gnoseológica y metodológica. 
Los teólogos y los filósofos han debatido durante dos mil años si el libre albedrío es real o ficticio. El problema es de gran importancia teórica y práctica, dado que se  trata de si los seres humanos podemos tomar la iniciativa, superar algunos constreñimientos ambientales o, incluso, rebelarnos contra los poderes terrestres y celestes de turno. Algunos teólogos necesitan el libre albedrío para poder legislar sobre el pecado y el mal, así como para justificar los crueles castigos que nos llueven del cielo; y los filósofos morales y filósofos del derecho necesitan el libre albedrío para dar sentido a la autonomía y la responsabilidad personal. Sin embargo, sin importar estas necesidades, la pregunta ontológica y científica es si el libre albedrío es realmente posible. 
Los idealistas no tienen problema alguno en admitir el libre albedrío, puesto que se supone que el alma inmaterial escapa a las leyes de la naturaleza. En contraposición, los materialistas vulgares (fisicistas, nominalistas) rechazan la hipótesis del libre albedrío porque conciben a los seres humanos como complejos sistemas regidos por las leyes de la física y la química, ninguna de las cuales parece admitir los procesos espontáneos o autoiniciados. Por otra parte, los materialistas emergentistas admiten la posibilidad del libre albedrío y la autoconciencia concomitante como resultado de la evolución. En efecto, la evolución involucra la emergencia de nuevos tipos de cosas que satisfacen leyes ausentes en los niveles inferiores de organización. Por ejemplo, las neuronas pueden disparar y asociarse de manera espontánea, no solamente en respuesta a un estímulo externo. 
Dado que la volición es una facultad mental y puesto que todo lo mental tiene lugar en el cerebro, para averiguar si el libre albedrío es real tenemos que cambiar el centro de atención de la teología y la filosofía especulativa al estudio del cerebro humano. En especial, hemos de mirar en la corteza prefrontal, de la cual se sabe que realiza las llamadas funciones ejecutivas. El primer científico moderno en atacar el problema del libre albedrío y sostener que puede ser resuelto por la neuropsicología fue Donald O. Hebb (1980). Hebb argumentaba que las investigaciones  anatómicas de Cajal, así como los datos electroencefalográficos, han mostrado que el cerebro es más que una repetidora entre los receptores y los efectores: que está activo de manera continuada, aun durante el sueño y que siempre añade algo a la señal que ingresa en él. 
La propia investigación de Hebb sobre la privación sensorial confirmó estos estudios: mostró que la estimulación externa distorsiona la acción continuada del cerebro, pero que no es su única fuente. Podemos experimentar deseos e imágenes y formar intenciones y planes de manera espontánea, o sea en ausencia de estimulación externa. Puesto que “el libre albedrío es el control de la conducta por el pensamiento» ( Hebb ,ibíd., p. 139) y dado que no todo pensamiento ocurre en respuesta a causas externas, el libre albedrío es un hecho biológico, no una ilusión. Desde luego, puede ser tanto atenuado como potenciado por la educación y las circunstancias sociales, pero no más que otras facultades y procesos mentales. Lo que nos lleva a nuestro próximo tema: la posibilidad de la libertad.
La contraparte social del libre albedrío es la libertad. Se trata de una característica del orden social que permite a los individuos hacer lo que desean. Sin embargo, la libertad es limitada y cuanto de ella  pueda disponerse tiene un precio. No se trata únicamente de que, como ha dicho Thomas Jefferson, el precio de la libertad es la eterna vigilancia. también del hecho de que no todos podemos darnos el lujo de  ser completamente libres y hacer exactamente lo que nos plazca, ni  debemos pensar que eso es posible. De hecho, aun en las sociedades  más libres los individuos tienen obligaciones, en particular las de respetar las libertades de los demás y compartir las cargas del mantenimiento del orden social  que las asegura. Además, en las sociedades profundamente divididas ,solo los miembros de una minoría gobernante tienen lo necesario para disfrutar la seguridad, el aire y el agua limpios, los paisajes hermosos y el acceso a la cultura superior. 
Más aún, la libertad, como todos los demás valores, es parte  de un paquete o sistema: ningún valor puede realizarse de manera  aislada de los demás valores. En particular, nadie puede ser libre en una comunidad de individuos completamente egoístas que no desean echar una mano cuando se la necesita y ello por la sencilla razón de que nadie, ni siquiera el autócrata,  es autosuficiente y omnipotente. Los revolucionarios de 1789 tenían razón: liberté, égalité, fraternité. Me atrevo a agregar idoneité, es decir competencia técnica, ya que sin ella aun las mejores intenciones difícilmente lleguen a dar frutos. 
Por desgracia, todos sabemos que ninguna de las sociedades que existen actualmente realiza el ideal Libertad-Igualdad-Solidaridad-Competencia. ¿Prueba esto que deberíamos dejar de soñar utopías? No lo creo. Solo prueba que hasta el momento no hemos sido capaces de educar y movilizar a la gente para trabajar (en lugar de luchar) por ese ideal."





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